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Frases de Yuval Noah Harari en Homo Deus

Estas han sido la frases que más me han gustado/impactado del libro “Homo Deus. Breve historia del mañana” de Yuval Noah Harari.

¿CUÁL ES TU FAVORITA?

Quienes viven en palacios siempre han tenido proyectos diferentes de quienes viven en chozas.

La gente teme el cambio porque teme lo desconocido. Pero la única y mayor constante de la historia es que todo cambia.

¿Quiere saber el lector cómo los cíborgs superinteligentes podrían tratar a los humanos de carne y hueso corrientes? Será mejor que empiece investigando cómo los humanos tratan a sus primos animales menos inteligentes.

En lugar de temer los asteroides, deberíamos temernos a nosotros mismos.

Queremos creer que nuestra vida tiene algún sentido objetivo, y que nuestros sacrificios son importantes para algo que trascienda las historias que habitan nuestra cabeza. Pero, en realidad, la vida de la mayoría de las personas tiene sentido únicamente dentro de la red de historias que se cuentan las unas a las otras.

La gente refuerza constantemente las creencias del otro en un bucle que se perpetúa a sí mismo. Cada ronda de confirmación mutua estrecha aún más la red de sentido, hasta que uno no tiene más opción que creer lo que todos los demás creen.

Los humanos creen que son ellos quienes hacen la historia, pero en realidad la historia gira alrededor de una red de relatos de ficción.

Si nos mantenemos en la pura realidad, sin mezclar en ella algo de ficción, poca gente nos seguirá.

El gobierno coge trozos de papel que no valen nada, declara que son valiosos y después los utiliza para computar el valor de todo lo demás.

La historia no es una narración única, sino miles de narraciones alternativas. Siempre que decidimos contar una, también decidimos silenciar las otras.

La ficción no es mala. Es vital. Sin relatos aceptados de manera generalizada sobre cosas como el dinero, los estados y las empresas, ninguna sociedad humana compleja puede funcionar. No podemos jugar al fútbol a menos que todos creamos en las mismas normas inventadas, y no podemos disfrutar de los beneficios de los mercados y de los tribunales sin relatos fantásticos similares.

Empresas, dinero y naciones existen únicamente en nuestra imaginación. Los inventamos para que nos sirvieran, ¿cómo es que ahora nos encontramos sacrificando nuestra vida a su servicio?

Tenemos delante mismo la omnipotencia, casi a nuestro alcance, pero bajo nosotros se abre el abismo de la nada más absoluta.

Los lujos de ayer se convierten en las necesidades de hoy.

El capitalismo ha santificado un sistema voraz y caótico que crece a pasos agigantados, sin que nadie comprenda qué es lo que ocurre y hacia dónde nos dirigimos tan apresuradamente.

No somos actores de un drama divino y a nadie le importamos nosotros ni nuestras obras, de modo que nadie pone límites a nuestro poder, pero todavía estamos convencidos de que nuestra vida tiene sentido.

Mis opiniones políticas actuales, lo que me gusta y lo que no me gusta, y mis aficiones y ambiciones no reflejan mi auténtico yo. Reflejan más bien la educación que he recibido y mi entorno social. Dependen de mi clase social y están modelados por mi vecindario y mi escuela. Tanto a los ricos como a los pobres se les somete a un lavado de cerebro desde el momento en que nacen.

Las nuevas tecnologías matan a los dioses antiguos y dan a luz a otros.

A menudo, la historia la modelan pequeños grupos de innovadores que miran hacia el futuro y no tanto masas que miran hacia el pasado.

Los principales productos del siglo XXI serán cuerpos, cerebros y mentes, y la brecha entre los que saben cómo modificar cuerpos y cerebro y los que no, será mucho mayor que la que existió entre sapiens y neandertales.

En el siglo XXI, los que viajen en el tren del progreso adquirirán capacidades divinas de creación y destrucción, mientras que los que se queden rezagados se enfrentarán a la extinción.

Cuando la ingeniería genética y la inteligencia artificial revelen todo su potencial, el liberalismo, la democracia y el mercado libre podrían quedar tan obsoletos como los cuchillos de pedernal, los casetes, el islamismo y el comunismo.

El yo único y auténtico es tan real como el alma cristiana eterna, Santa Claus y el conejo de Pascua.

El problema crucial no es crear nuevos empleos. El problema crucial es crear nuevos empleos en los que los humanos rindan mejor que los algoritmos.

En el siglo XXI, nuestros datos personales son probablemente el recurso más valioso que la mayoría de los humanos aún pueden ofrecer, y los estamos cediendo a los gigantes tecnológicos a cambio de servicios de correo electrónico y divertidos vídeos de gatitos.

Hoy en día, en realidad, somos muchos los que cedemos nuestra privacidad y nuestra individualidad, publicamos todo lo que hacemos, vivimos conectados a la red y nos ponemos histéricos si la conexión se interrumpe aunque sea solo unos minutos. La transferencia de la autoridad de los humanos a los algoritmos se está dando a nuestro alrededor, no como resultado de alguna decisión gubernamental crucial, sino debido a una avalancha de decisiones mundanas.

Las ideas únicamente cambian el mundo cuando cambian nuestro comportamiento.

En el futuro podríamos ver cómo se abren brechas reales en las capacidades físicas y cognitivas entre una clase superior mejorada y el resto de la sociedad.

La medicina del siglo XX aspiraba a curar a los enfermos. La medicina del siglo XXI aspira cada vez más a mejorar a los sanos.

Tenemos más donde elegir que nunca, pero, al margen de lo que escojamos, hemos perdido la capacidad de prestarle verdadera atención.

Mientras que el ritmo de la política no ha cambiado mucho desde los tiempos del vapor, la tecnología ha pasado de la primera marcha a la cuarta. La tortuga gubernamental no puede seguir el ritmo de la liebre tecnológica.

El gobierno se ha convertido en mera administración. Gestiona el país, pero ya no lo dirige. Se asegura de que a los profesores se les pague puntualmente y que los sistemas de alcantarillado no rebosen, pero no tiene ni idea de dónde estará el país dentro de 20 años.

Es peligroso confiar nuestro futuro a las fuerzas del mercado, porque estas fuerzas hacen lo que es bueno para el mercado y no lo que es bueno para la humanidad o para el mundo. La mano del mercado es ciega además de invisible, y si se la deja a su libre albedrío podría no hacer nada con respecto a la amenaza del calentamiento global o del peligroso potencial de la inteligencia artificial.

La mejor razón para aprender historia no es para predecir el futuro, sino para desprendernos del pasado e imaginar destinos alternativos. Desde luego, esto no supone la libertad total: no podemos evitar estar moldeados por el pasado. Pero algo de libertad es mejor que ninguna.

Hace 20 años, los turistas japoneses eran objeto universal de risa porque siempre llevaban cámaras y hacían fotografías de todo lo que veían. Ahora es una práctica universal. Si vamos a la India y vemos un elefante, no lo miramos y nos preguntamos: «¿Qué siento?»; estamos demasiado atareados buscando nuestro teléfono inteligente, fotografiando al elefante, publicando la fotografía en Facebook y después comprobando nuestra cuenta cada 2 minutos para ver cuántos «Me gusta» nos han dado.

No es de extrañar que estemos tan atareados convirtiendo nuestras experiencias en datos. No se trata de una cuestión de estar a la moda. Es una cuestión de supervivencia. Debemos demostrarnos y demostrar al sistema que todavía tenemos valor. Y el valor no consiste en tener experiencias, sino en transformar dichas experiencias en datos que fluyan libremente.

Cuando el automóvil sustituyó al carruaje tirado por caballos, no mejoramos los caballos: los retiramos. Quizá sea ya hora de hacer lo mismo con Homo sapiens.

Nos esforzamos por modificar el Internet de Todas las Cosas con la esperanza de que nos haga saludables, felices y poderosos. Pero cuando esté terminado y funcione, podríamos vernos reducidos de ingenieros a chips, después a datos, y finalmente podríamos disolvernos en el torrente de datos como un terrón en un río caudaloso.

En el pasado, la censura funcionó al bloquear el flujo de la información. En el siglo XXI, la censura funciona avasallando a la gente con información irrelevante.

P.D. Este es un complemento al resumen del libro y siempre recomendados su compra.